martes, 23 de julio de 2013

Show me love.


Show me love (Fucking Åmål) es una película excelente, pero no, perfecta. El guión tiene ciertas lagunas, incluso vacíos peligrosos: existen situaciones que no se explican y que además, analizadas por segunda vez, caen incoherentes. Pero ¿en serio se espera coherencia en una película de chicos de entre catorce y diecisiete años, que no saben dónde carajos ir ni quiénes son? Es un descubrimiento, es un viaje a la adolescencia, es adentrarse en una selva de reconocimiento de los personajes, y quizá por ello, cala hasta los huesos. 

Vamos por partes: el guión es predecible y a la vez, impredecible. A grandes rasgos, podríamos imaginar lo que sucederá, inferir que Agnes debe ser feliz y que Elin debe ponerse los pantalones y afrontar su atracción hacia una chica de su edad. Claro, el argumento -visto en líneas generales- es plano y pro happy end: chica uno se enamora de chica dos. Chica dos entra en pánico, huye de chica uno y se complica la vida, tanto a ella como al resto. Chica uno sufre y odia a chica dos por el desplante. Chica dos toca fondo y descubre que no será feliz, sino con chica uno. Se pone los huevos. Chica uno y chica dos terminan juntas. Fórmula mágica: el happy end y la arquitrama se confabulan para soltar lágrimas en el espectador. ¿Les suena conocido?

Pero no. No es tan simple. Y ahí está la maravilla: pese a que podría ser predecible, no lo es. Quizá por tratarse de adolescentes o tal vez, por la impecable construcción de personajes y de situaciones. Durante todo el nudo del filme, uno teme por Agnes, por su depresión y su odio.  Uno teme que la película termine con un entierro o en todo caso, con una mudanza inminente. Agnes es infeliz: su única amiga se ha ido y está sola. Sola sin Elin y con todo un colegio que se burla de ella, que no la comprende y por el contrario, la estigmatiza. ¿Qué hace ella? Luego de sufrirla, se la zurra. Los comentarios terminan dándole lo mismo: en sí misma no hay más espacio para el dolor, si no se trata de Elin. 

Durante todo el filme, uno espera lo peor y no pasa nada. 

Y mientras tanto, Elin sigue cayendo en sus propias mentiras, en su torbellino escapista, en su huida a ningún lugar. Le rompe el corazón a un chico, termina de destruir la relación con su hermana y además, no puede sacarse a Agnes de la cabeza. Es en este proceso donde la construcción de las escenas se vuelve impecable y a la vez, brillante. No se abusan de los diálogos, no se explica más de la cuenta, no se sobre-dimensionan las emociones o reacciones de los personajes. Elin tiene relaciones sexuales por primera vez y para explicarlo, solo hace falta el diálogo: ¿te dolió? - por parte del novio. Impecable. No requiere de besos, no necesita de quejidos ni gemidos. No. La película se juega la camisa por la síntesis y le sale bien. 

¿Y quién no ha escuchado el principio fundamental de la teoría del guión: menos es más? Show me love se trata justo de eso: no hay sobras ni rellenos. Solo la palabra exacta y la situación precisa para explicar lo que está pasando. Es la punta del iceberg que nos desnuda todo lo que esconde, sin que haga falta sumergirse bajo el agua. 

Todo esto, además, con giros de cámara y zoom ins que terminan en primeros planos de los rostros perturbados de sus personajes, y que nos trasladan a los recursos del expresionismo alemán e incluso, del cine de terror. Pero Show me love, no es una película de miedo, sino de amor. Y es ese contraste otro de los logros de la película: los personajes están enamorados y justo por ello, nos aterrorizan, nos cierran el pecho frente a un final inminente que -repito- nunca sucede. 

El desenlace, por su lado, es exquisito y se divorcia totalmente de las películas románticas contemporáneas. No hay besos ni palabras de amor. ¡Claro que no! El diálogo es el más pagano, silvestre y descontextualizado que podría esperarse: no tiene relación alguna con el climax del filme. No tiene nada y sin embargo, lo tiene todo: porque es sincero, real y transparente. Y contra todo pronóstico, conmueve. 

Show me love nos parte los huevos y vuelve a rearmarnos. Nos destroza y nos reconstruye. Nos humaniza y nos traslada a los complejos y la intensidad de la adolescencia. Show me love no es una película lésbica, sino humana. Y ahí está su genialidad. 


miércoles, 12 de junio de 2013

Atrápame si puedes.

No soy fanática de Spielberg ni de lejos. Es más, podría jurar que sentí un alivio casi vengativo cuando leí a Mckee declarar en una entrevista, que a Spielberg le hacía falta asistir a uno de sus talleres. Uno de los mejores guionistas del mundo abofeteando a uno de los directores más sonados y galardonados de los últimos tiempos. ¿No es exquisito? 

Por supuesto, no negaré el talento de Spielberg ni tampoco su genialidad en algunas escenas de sus (casi) clásicos más sonados. Sí, Spielberg, es bueno, pero prefiero lanzarlo contra el lodo mentalmente, hasta disfrutar cómo me cierra la boca (o me la abre) con una de sus realizaciones. Es una relación de amor/odio que termina consumándose cuando vuelve a demostrarme que la cretina soy yo. Yo soy la cretina que le busca tres patas al gato y que no soporta a Spielberg sin tener una razón realmente clara para hacerlo. 

Vamos al grano: 'Atrápame si puedes' es una película genial. En la descripción de la mayoría de críticas o reseñas sobre la película aparece como una "comedia dramática", etiqueta que le queda demasiado corta e incluso, suena a insulto. A insulto de un cretino. No, no es una comedia dramática, aunque lo parezca; pero tampoco es un drama ni mucho menos una película de acción. Es un híbrido, una mezcla cuidadosamente calculada en cuanto a recursos, giros, links, escenas, plot points, y cada uno de esos eslabones que poco a poco van aceitando/matizando la trama.

La actuación de Leonardo Di caprio - el hijo pródigo de Hollywood- es exquisita. No hay dudas, no hay exageraciones, no hay vacíos ni medios tonos. Al personaje no le entran balas ni errores. Di Caprio es Frank Abagnale Jr. y punto. 

Di Caprio termina engañándonos tanto como Abagnale, al FBI. 

Todo esto, en medio de un escenario de los años sesentas, que no solo es retratado por la moda, los autos, las costumbres, las antiguedades y demás rasgos históricos, sino en el modo de dirigir la película. Los planos, las secuencias, los movimientos de cámara son idénticos a los utilizados en la época. La ambientación no se limita al contexto, sino que se convierte en un sello de la dirección de la película. Es la cámara la que nos traslada a la época, antes que los elementos de arte o la producción. Es la cámara la que nos grita que quizá Spielberg no sea el mejor, pero sí es un capo indudable.

El guión, por otro lado, se vuelve impredecible. Aunque sea obvio que el personaje tarde o temprano debe ser atrapado, las siguientes páginas del libreto nos sacuden de una posibilidad a otra, justo cuando creemos que todo está perdido. Abagnale siempre tiene una carta bajo la manga.

Por supuesto, tratándose de una historia real, el genio creativo del guionista puede ser puesto en duda, pero eso sería mezquino. El engranaje de las escenas y sobre todo, el tejido de la trama es obra de él. La historia puede ser adaptada, pero es él quién decide el modo de hacerlo. Y ahí está la genialidad - o en otras ocasiones, el fracaso rotundo- del guión. 

Además, es en el guión donde se pone a juego la humanidad de Frank Abagnale y por otro lado, se desnuda su talón de Aquiles. Todo héroe tiene una debilidad y Abagnale no es la excepción. El tipo lo puede todo; ha burlado al FBI y a todos los bancos de Estados Unidos. Todo esto sin contar los hoteles, restaurantes, sastres, y el hospital y buffete de abogados donde trabajó. Se ha reído de todos y le ha sacado la vuelta al sistema. No hay fallos, salvo por una cosa: Abagnale no puede contra él mismo. No es el genio de Carl Hanratty (Tom Hanks) lo que termina atrapándolo. No: es el mismo Abagnale y sus carencias. El tipo solo busca sentirse en casa; volver a ese hogar que le arrancaron y que incluso después de ello, sigue cayéndose a pedazos. Frank no aprende cuando es traicionado por la mujer que ama y por poco, termina en manos de Carl Hanratty. Ni siquiera tiene reparos en enviarle correspondencia a su padre con su nombre propio y el verdadero lugar del remitente. Ni mucho menos mide consecuencias cuando termina en la aldea francesa donde sus padres se conocieron. 

En toda la trama, el tipo no deja de traicionarse. Los errores que se ahorra en cada estafa maestra, los comete en su huida. Su encarcelamiento es culpa suya, aunque no por despistado o por no reparar en dejar pistas a sus perseguidores. No. El problema es que Frank es humano

Puede que Spielberg nos engañe con su tratamiento y nos traslade en el tiempo a cincuenta años atrás; puede que Di Caprio nos haga creer que él es Frank y no hay actuación de por medio; pero Frank Abagnale no puede mentirnos. El muy cabrón se siente solo. Y ahí está la genialidad del filme. 








lunes, 10 de junio de 2013

Inocencia interrumpida.

Década de los sesentas, Estados Unidos. El asesinato de Martin Luther King, presidencia de Kennedy, liberales versus conservadores, y The Doors rompiéndola en los rankings de las radios nacionales. Estamos en los sesentas y nos encontramos con una Angelina Jolie de veintantos años compartiendo pantalla con Winona Ryder. Un match insuperable que, además de sexy, termina siendo catastrófico. 

Inocencia interrumpida está lejos de ser la mejor película de todos los tiempos, de ganarse el puesto en algún puesto de ranking cinematográfico, o de ser mencionada en alguna lista de películas obligatorias para cualquier postulante a cinéfilo o a crítico. No, inocencia interrumpida no es una joya, ¿y qué? 

La trama puede resultar débil, sobre todo en el desenlace. Roza el happy end, deja algunos vacíos en la historia y su mensaje no termina de redondearse. Al grano: Susana Kaysen (Winona Ryder) ingresa a una clínica psiquiátrica para pacientes de clase medio alta por un cuadro esquizofrénico leve. La pasa pésimo, hasta que se cruza con Lisa (Angelina Jolie) y... le va peor. La historia es la adaptación del libro de memorias de Susana Kaysen (no es casualidad que la protagonista lleve el mismo nombre), y expone la realidad de un centro psiquiátrico, y con ello, la vida de las pacientes. Los giros dramáticos son rápidos y en algunos casos, predecibles. El tratamiento, en su mayoría, impecable. En cuando a  la fotografía, no aspira a ser una obra de arte y no tiene por qué hacerlo: es sincera y eso es lo que importa. 

El inicio está repleto de links que tejen el presente con el pasado y con la percepción de la protagonista. En cuestión de minutos, nos dibujan una radiografía del estado mental de Susana Kaysen. Los recursos que enlazan los flash backs con el resto de la trama son precisos y mantienen la expectativa. En síntensis: dan en el clavo. 

Notable, sí. Extraordinario, no. Repito: ¿y qué? 

La actuación de Winona Ryder, por otro lado, es formidable: no hay exageraciones, sino juegos de miradas. El suspenso se activa solo con un primer plano y gestos sutiles y mínimos. Basta con mirarla a los ojos, para darse cuenta que algo anda mal, para rozarle las narices a la ambivalencia, para encontrarnos con la esencia del personaje. Entre tanto, Angelina Jolie, se convierte en un monumento a la contradicción, en tres arquetipos enfrentados a muerte: la villana, la anti heroína, y la chica de las buenas intenciones. Su personaje es, de lejos, el mejor logrado y a la vez, el más complejo. Susana encarna la simpleza, mientras que Liza es mil personalidades en una. Es la clase de tipa que se juega el pellejo por las causas justas y sin embargo, dispara verdades a quema ropa sin reparos, sin filtro, sin piedad. No le importan las consecuencias y no existe otra compasión que no sea para sí misma. La muerte no le mueve un pelo, tampoco el drama ajeno -si es que la víctima no comparte sus principios. 

Inocencia interrumpida es sincera, rápida y escalofriante. Sus interpretaciones son genuinas y logradas; su manejo de tiempos, eficaz. Una combinación interesante, potenciada por la sensualidad de Angelina Jolie y el ángel de Winona Ryder. Y si a esto le agregamos una marcada atracción que se sortea entre la admiración y lo sexual, entre ambas protagonistas; nos encontramos frente a un éxito rotundo. Seamos honestos: a todos nos mueve el morbo. Mucho más si se trata de Angelina Jolie.